Casi tocando el cielo
El viejo cementerio de Queenstown se encuentra casi por casualidad, pero también por obligación, ya que es absolutamente inevitable aparcar justo enfrente de él si queremos acceder a una de las principales atracciones de la ciudad, el Skyline.
Situado en la parte más alta de la ciudad, después de cruzar el centro de ésta y dirigirnos colina arriba hasta la terminal del teleférico, tenemos una única opción de aparcamiento, y es en la explanada que se abre entre el cementerio y la salida de las góndolas que nos llevarán a lo alto de la colina.
Conociendo mi atracción por los camposantos, mis acompañantes me cedieron parte de sus tiempo para que me metiera por los senderillos y pisara el cuidado césped que rodea las tumbas e investigara un poco.
Y claro, muchos de esos habitantes pasaban al otro mundo. Algunos, por voluntad de sus allegados, volvía a sus tierras natales para ser enterrados allí, otros, más apegados al nuevo mundo, el que con tanto sudor habían regado, decidieron que querían ser sepultados aquí.
El resultado es una mezcla de estilos en las tumbas y sepulturas que nos hablan del tiempo que este cementerio lleva "habitado". La mezcolanza incluye las tumbas de dos hombres que sirvieron en las fuerzas de Nueva Zelandia durante la Primera Guerra Mundial, el artillero William McClelland y el soldado Alexander William Elliott, honrado por sus familiares y amigos en cada conmemoración de su muerte y tratados como héroes por sus conciudadanos.
Niños, ancianos, adultos, mucha tumba kitsch, pero también elegancia victoriana en los mausoleos y tumbas familiares, le dan a este pequeño cementerio que parece internarse en el bosque al que da la espalda una aura especial. Si encima lo visitamos con un soleado día como el que disfrutamos nosotros, el camposanto se transforma en un canto al paso de una vida a otra, a los recuerdos, a la vida después de la muerte, a la existencia.
Visitarlo y luego subir al teleférico es un poco sentir lo que sus almas cuando abandonan el cuerpo definitivamente y se dirigen a ese lugar del que nadie retorna.
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