En el lejano Norte
Es difícil, cuando se llega a este punto del país noruego, distinguir entre lo que es tierra firme, parte del continente de lo que es una isla. Y es lo que ocurre con Honningsvag, que si no hemos hecho un previo estudio de un mapa quedaría en nuestra memoria como un pueblo adosado a la costa de Noruega. Pero si miramos con atención nos daremos cuenta de está enclavada en la parte norte de la isla de Magerøya, es decir desgajada del continente. Pero eso le aporta, por supuesto un encanto añadido, ya que la hace más inaccesible, más lejana.
Y eso es una ventaja.
Aunque es el mayor asentamiento de la isla puede perfectamente recorrerse en su totalidad en una hora, andando todas sus calles, entrando en la tienda de recuerdos, tomando algo caliente en alguno de sus bares o aprovisionándose en su supermercado. Nosotros la visitamos en una escala de nuestro crucero, como prefacio del famoso Cabo Norte, y de hecho casi todo el que viene lo hace para eso, para utilizarla de base para esta excursión.
Y es una pena, ya que este pequeño enclave, pese a su tamaño tiene mucho que ofrecer. Empezando por el majestuoso paisaje de blancas montañas, que resguardan el sencillo puerto de tormentas y vientos, una iglesia austera pero con un encanto especial, coloridas casas con jardín, el bar de hielo más septentrional del mundo y sobre todo unos habitantes amables y dados a conversar. Las calles parecen vacías en principio, pero poco a poco, según vamos entrando al pueblo las vemos animarse, con gente que va de un lado a otro, niños que juegan en la hierba o en la nieve y con una luz que tiene algo de mágico.
Paseemos por las calles de Honningsvag, la ciudad de la bahía que descansa bajo la montaña de Hornungr, y disfrutemos de un lugar que lleva habitado por el hombre nada menos que 10.300 años.


