Roberto Gonzalez
Un tufillo en la ciudad del perfume
Grasse es la Ciudad del Perfume, así, con mayúsculas. Entrar en el valle en el que se asienta, recostada sobre un picacho que le da categoría de ciudad elevada, es penetrar en un mundo donde los sentidos se rinden, se anulan ante la omnipotencia del olfato.
Por todas partes hay fábricas de esencias grandes y pequeñas, que ayudan a la economía de su propietario o le enriquecen como proveedores de las "grandes maisons" del perfume mundial. Hay de todo.
Pero claro, el perfume puede dar de comer, pero no se come, así que no queda más remedio que tener una dieta variada. El pescado es fundamental, y cuanto más fresco mejor. Por eso instalaron un mercado de bichitos de mar en pleno centro de Grasse.
Podemos imaginarnos las narices más eminentes de la ciudad cuando les llegaba a eso de media mañana el olor del pescado recalentado por el sol. Uff! "Insupportable, mon Dieu!, seguro que exclamarían. Así, que no tuvieron más remedio que mudarse, los perfumistas digo. Mucho más arriba, más alto y más lejos del fétido aliento que flotaba en el aire de la ciudad.
Mientras, el mercado continuó allí, impasible y enriquecido por una pérgola art decó que intentó paliar el sol que parecía querer cocer los pescados en las tórridas y luminosas tardes estivales de Grasse.
Mientras, el mercado continuó allí, impasible y enriquecido por una pérgola art decó que intentó paliar el sol que parecía querer cocer los pescados en las tórridas y luminosas tardes estivales de Grasse.
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